martes, 20 de octubre de 2009

Xabier Gantzarain


Luz, más luz

El 21 de septiembre de 1963, un sábado como otro cualquiera, Francesco Lo Savio se quitaba la vida en la Cité Radieuse que Le Corbusier construyó en Marsella. Tenía 28 años, y dejaba tras de sí una estela de luz: su obra.

Esa obra ha permanecido en penumbras, diseminada por museos alemanes, galerías italianas y colecciones particulares, y ésta es la primera vez que se puede contemplar en España, gracias a la exposición que le ha dedicado el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en la cual ha reunido el 80% del trabajo del artista.

La muestra está articulada en torno a las cinco series en las que más trabajó el artista italiano en los cinco años de su breve como intensa carrera, de modo que el espectador pueda advertir claramente su evolución, coherente y rigurosa, siempre en base a una misma obsesión: la luz.

Aunque sea una obviedad, no está de más repetirlo: el mundo está estructurado por la luz. Por más que el ser humano intente conquistar el espacio y lance satélites a la órbita, el planeta Tierra sigue girando en torno al sol. Son la luz, y su negativo la sombra, las que dibujan contornos, crean atmósferas, delimitan los espacios que el ser humano habita.

Esa parece ser la premisa de toda la investigación estética de Francesco Lo Savio, que según sus palabras, buscaba hacer perceptible el espacio vacío. En esa búsqueda de una concepción espacial con vocación universal, se puede intuir un punto de encuentro con Jorge Oteiza, artista cuya máxima preocupación escultórica siempre fue la desocupación de los cuerpos, tal como se puede apreciar en sus famosas Cajas Metafísicas.

Una de las virtudes de esta exposición reside en su montaje, claro y austero, que lleva al espectador de una sala a otra, de una serie a otra de manera pausada e instructiva, con leves transiciones.

Al principio, en la entrada, nos encontramos con una escultura colgada en la pared que lleva por título Metallo nero opaco uniforme, obra que funciona como tarjeta de presentación y presagia una inquietud espacial. No obstante, al entrar en la primera sala, nos encontramos con pinturas de estilo informalista, por lo que debemos deshacer nuestra primera impresión y observar con los ojos bien abiertos, y en la medida de lo posible, con la mente libre de prejuicios estéticos.

En esa primera sala dedicada a sus pinturas, hay un cuadro de pequeñas dimensiones, en el cual se esboza un espacio circular cromáticamente diferenciado, que llama la atención por su título: Prospective genesiache. Este cuadro es sin duda el punto de partida de la posterior serie pictórica Spazio-luce. Esta serie se caracteriza por la lentitud de la pincelada (ni gestual ni mecánica), la utilización de colores apagados (grises, ocres, tierras) y la extraordinaria sutileza en los mínimos contrastes de matiz con los que Francesco Lo Savio logra crear un espacio circular en el centro de cada cuadro; con este ligero movimiento genera un espacio suspendido, un espacio meditativo que invita al espectador a una mirada límpida y serena, obviando todo lo que sucede en su alrededor, y dejando sitio a una introspección sensorial.

El motivo de la circunferencia en el centro del cuadrado (la luz en el espacio) se repite en la siguiente serie expuesta: Filtri. Mas el artista ha dejado de lado la materialidad de la pintura, e investiga ahora la dinámica de la luz experimentando con la superposición de papeles transparentes, y realizando cianografías, materiales todos ellos muy delicados, por lo que el resultado es deliciosamente ligero y denota una depuración del concepto espacial.

La depuración del concepto espacial se ve reafirmada con la siguiente serie de los Metalli. En esta serie de esculturas colgadas en la pared, o relieves, de precisión industrial y acabado uniforme, el artista ya no investiga la dinámica de la luz, sino que empieza a articular superficies: busca delimitar espacios. Algunas de las obras en las que la superficie se pliega hacia arriba, recuerdan en cierto modo a las contraventanas típicas de Italia, las cuales impiden que entre la fúlgida y voraz luz natural, manteniendo la habitación en dulce penumbra, pero permiten que el aire circule, que el espacio se expanda.

El último peldaño de esta meteórica evolución artística es la serie de las Articolazioni totali. Con esta serie de estructuras cúbicas con una lámina de metal en el interior, el artista, tal como lo enuncia el propio título, articula totalmente el espacio, dinamiza las luces y las sombras, creando una suerte de escondites metafísicos en el interior de cada una de ellas.

Es de agradecer que se haya incluido una sala con sus apuntes, bocetos y trabajos de investigación estética, ya que su práctica artística se puede ver como precursora de posteriores movimientos tales como el minimalismo y el arte conceptual, no sólo en las formas, sino también en el rigor de la investigación. La exposición, en su conjunto, logra arrojar un poco de luz sobre un artista totalmente ignorado por la modernidad oficial.

Xabier Gantzarain.

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