martes, 10 de noviembre de 2009

Nieves Limón


Ilusión en lo real


Ruth Gómez (Valladolid, 1976) propone con Las ilusiones fantásticas una alternativa a aquello que viene asfixiándola desde el comienzo de su producción artística: “una sociedad caracterizada por el desencanto”. Si en anteriores trabajos la queja era su manera de expresión (El asesino de su persona, 2003 o Animales de Compañía, 2006), ahora la huida se presenta como opción necesaria.

Primero se nos invita a escapar a un lugar no muy lejano: abriendo la muestra, el visitante entra en el sorteo de un viaje de ida, sin billete de vuelta, al pueblo gallego Cariño. A modo de reclamo turístico, y utilizando su habitual lenguaje con dibujos digitales surgidos del retoque fotográfico, vemos dos cuadros u “ojos de buey” desde los que nos asomamos a los acantilados de Cariño pasados, eso sí, por la percepción rosa y azul de la artista.

El pueblo de nombre reconfortante puede ser “poca cosa” para algún espectador ávido por ir más lejos. Entonces, Ruth Gómez nos enseña su creación escultórica (con instrucciones de uso) la Máquina de las maravillas con la que continuamos un recorrido de evasión llamados, además, por una hipnótica melodía. Será en esta segunda parte de la exposición donde los dibujos digitales queden eclipsados ante dos de las videoproyecciones que componen la muestra (la tercera, se proyecta fuera de la galería como interesante ejercicio, aunque difícilmente apreciable, que nos propone contemplar una ilusión animada desde la cotidianeidad callejera). Estas proyecciones 2D se presentan como su particular homenaje “al cine de animación, a la magia, a los efectos especiales, a las ficciones dentro de las ficciones”. Si, efectivamente, el cine de animación se basa en la ilusión de movimiento a partir de imágenes estáticas, ahora las imágenes coloreadas con la paleta restringida y significativa de la artista, nos enseñan loops donde la acción magnética de un beso (o de un chico cuya sombra se mueve a otro ritmo) se repiten sin fin apreciable.

No es sencillo ilusionarse con la propuesta autobiográfica (intransferible) de Ruth Gómez, a pesar de la explicación necesaria que se nos da a la entrada de la galería. Consciente de que sus obras pasan por el terreno de lo personal, la artista incita (nos pide) que veamos en estas creaciones una salida reparadora. Para conseguirlo, utiliza todas las armas descritas que la era digital pone a su disposición con una plástica cercana al cómic y referencias extraterrestres (ovnis mediante).

Nuestra mermada capacidad de asombro, lejos ya de los viajes a lo imposible y las prestidigitaciones que Méliès creo y en las que se inspira este trabajo, conforma una barrera natural que puede impedirnos ver las flores, los paisajes y los flamencos rosas que plagan la galería, como puntos de fuga de este mundo. La exposición, estrechamente enraizada en nuestros días cibernéticos, se aferra al “formafondo” contemporáneo diluyéndose en el recorrido la evasión deseada. Una sociedad del desencanto, lo llama Ruth Gómez.

Nieves Limón.

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