jueves, 25 de noviembre de 2010

ON&ON, EXPOSICIÓN DE ARTE EFÍMERO: EL OLOR DEL TIEMPO PERDIDO

Inés Plasencia Camps

Qué pasaría si nos expusiéramos al paso del tiempo resignados, si tuviéramos enfrente ese instante único, tan esperado, sin la posibilidad de retenerlo. Es cierto: nos ocurre cada día. Sin embargo, mientras tanto, sentimos que algunas cosas permanecen como prueba de que aquello tuvo lugar. Algunas de esas cosas son las obras de arte, parte de cuyo valor reside en esa condición de prueba indiscutible del pasado.

En la exposición On&On de La Casa Encendida, comisariada por Flora Fairbairn y Olivier Varenne, catorce obras de arte efímeras, muchas de ellas manifestaciones del site-specific, se rebelan contra esa condición y huyen de los sótanos de los museos. Participan de una de las más importantes reflexiones del arte de la segunda mitad del siglo XX, que desde los sesenta, con los happenings, las acciones y las performances, el land art y el arte conceptual, intenta hacer al público partícipe de un momento irrepetible y cuestionar el papel de las instituciones. Estas prácticas, tan críticas en su origen, dejaron abonado un terreno lo suficientemente flexible como para albergar infinitas revisiones.

Pesos pesados como Roman Signer y Andy Goldsworthy conviven con artistas jóvenes como Eloise Fornieles. Los olores de las fresas de Claire Morgan y del chocolate de Anya Gallaccio, con las luces que se encienden y se apagan de Martin Creed. La música de los pájaros de Céleste Boursier Mougenot, la guarda de seguridad de Tino Sehgal que canta convirtiendo el museo en lugar de creación y el estado de ánimo del pianista Gregorio Zanon, conviven con el silencio de la impresionante, maravillosa instalación de Chiharu Shiota, concierto que nunca comienza, anatomía de la espera envuelta en sus habituales hilos negros. Inquietante es la obra de Steiner y Lenzlinger, en la que unas flores químicas irán invadiendo una sala de juntas el tiempo que dure la exposición. Menores son la metáfora del hielo de Kitty Kraus y la asquerosa podredumbre de La crypte, de Michael Blazy, que parece querer informarnos de lo que nos pasará cuando hayamos muerto.

Lo que se publicita como la primera exposición en España dedicada al arte efímero, y que traslada viejos cuestionamientos al registro y almacenamiento de imágenes que caracteriza la era digital, brilla por momentos, en realidad, por su carácter de juego más que por su capacidad de emocionar al reconocernos en su carácter transitorio, por la apelación a casi todos nuestros sentidos y por ofrecer cada vez una visita única. Las obras por separado, no obstante, oscilan peligrosamente entre la hermosa sutileza y el fácil efectismo, y lo que es peor: amenazan con una nueva etiqueta de resonancias cortesanas que en Francia, país de origen de Varenne, ha sido bastante útil para atraer al público pero que aglutina demasiadas cosas. Una poética inofensiva, menos atrevida que la de sus “papás”, con las paradojas de siempre: los videos pueden volver a verse, un guarda de seguridad ya cantó en la Bienal de Venecia de 2005, y Creed lleva moviendo su pieza desde 2001. Algo que quizá no habría que decir si no fuera por la promesa de innovación que rodea la muestra.

Las piezas de On&On se quedarán con suerte, mientras nos entretienen, en esa imperecedera reflexión: la reivindicación de la obra como una experiencia, como el instante y no como su prueba; una reflexión sobre el poder de la memoria que nos deja como siempre resignados pero felices sabiendo que, aunque el instante no volverá a repetirse, al menos estuvimos presentes.

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