viernes, 29 de octubre de 2010

Victoria Civera, Madre Norte

Madre Norte es la última exposición de la artista valenciana Victoria Civera, en la Galería Soledad Lorenzo, Madrid. Viene a ser la continuación lógica de Atando el cielo; retrospectiva de la última década de la artista, el pasado verano en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, comisariada por el director del centro, Fernando Francés.

Madre Norte es una selección de quince obras expuestas al público por primera vez; trece pinturas de distintos formatos y materiales, y dos esculturas.

Hay dos elementos frecuentes en su trayectoria artística que una vez más vuelven a erigirse como ejes fundamentales de esta colección; el círculo, como principal símbolo compositivo de cada obra y la figura femenina, como constante referente temático.

La técnica, también variada, va desde la pincelada grumosa al esbozo a lápiz, que en ocasiones se deja entrever bajo el óleo (Centro abierto, 2010), así como la utilización de cinta y otros materiales plásticos.

A lo largo de las salas de la galería, van contrastándose distintas emociones; de la pasión a la nostalgia, de la intimidad a la provocación; presentando al visitante un conjunto de formas sencillas que esconden ideas más complejas.

La dualidad está presente en toda la sala principal. Por una parte, los Pecadillos familiares (2010), composiciones geométricas grisáceas de pequeño formato, tienen un carácter más simbólico y responden a un lenguaje muy depurado, cercano a la abstracción, casi obsesivo. Si bien la mujer no aparece representada físicamente, sí lo hace conceptualizada en múltiples formas circulares encerradas en formatos cuadrados.

Por otra parte, cuatro impactantes pinturas de gran formato, algo más coloristas, y por supuesto más figurativas, cercanas incluso a imágenes de moda. Es el caso de Centro abierto (2010), donde el círculo reaparece, configurando cierta sensación de extrañeza, tanto en el mismo marco circular como en el círculo-ocular del centro, que como el ojo del Gran Hermano de Orwell, parece observarnos fijamente.

En Jumba (2009), dos simétricos tondos negros pueden ser interpretados como cuencas de ojos que miran y asedian a otra mujer, esta vez lánguida y caracterizada con atuendo fetichista, que parece no ser consciente de su condición de objeto. Abrazada a un mono, permanece concentrada en una pasión casi zoofilica. Hay un contraste entre familiaridad y extrañeza en todos estos elementos que destila cierto sentido del humor. Asimismo, llama especialmente la atención el modo abrupto e irregular en que está plegada la tela en el bastidor circular.

Atada al universo (2010) tiene un carácter más ingenuo, donde la mujer representada parece moverse libre y despreocupadamente sobre una amenazadora fuerza concéntrica. Searcher (2009) transmite una gran tensión entre dos fuerzas opuestas, tensión acentuada por el contraste del blanco y negro y la dirección de la modelo con respecto a las líneas. Ésta, que sangra por manos pies, avanza con determinación, disimulando su dolor.

La segunda sala está invadida por la intimidad y el silencio. Una serie de tres pinturas presenta mujeres desoladas en abismos gélidos, que van del gris al azul. Algunas lanzando un grito oprimido (After, Befote, 2010), otra ya abatida, dándonos la espalda, escondiendo un misterio (Derrame, 2010).

En la tercera sala, las obras irradian un cromatismo impactante, casi agresivo.

Reciclada (2010) es una escultura de paja y metacrilato rojo, que vuelve a utilizar la carga simbólica del círculo, con la incrustación de bolas de colores en el respaldo de una silla de diseño.

No te escapes (2010) es la pintura de mayor formato y en mi opinión la más apasionada, por la originalidad compositiva y el desafío cromático, falto de prejuicios. Sobre un paisaje glaciar de texturas agrestes y aguas negras, se abre paso una colorista mujer del futuro, que con firme decisión parece desafiar la misma composición del cuadro, intentando avanzar a una nueva dimensión, un nuevo marco rosa fluorescente. Una oruga, también fluorescente, se arrastra en la esquina inferior izquierda, otro elemento recurrente en las pinturas de Civera.

Junto a otro de los pecadillos familiares, encontramos Fingers, (2009); una mano femenina que trata de escapar de un submundo, un misterio encerrado dentro de óvalos.

En la sala inferior se encuentran las dos obras más conceptuales; Seat to flor (2010) una torre de trece cojines de diferentes colores, apilados sobre una base de cuatro pétalos azules, y el primero de los Pecadillos familiares (2010), una simple y esquemática pintura que bajo la rotundidad de un círculo blanco y un grueso contorno negro sugiere la presencia de un vívido paisaje bucólico.

Victoria Civera vuelve a trabajar su iconografía habitual, con formas depuradas y soluciones plásticas libres. Sus obras, envueltas en un personal e indefinible universo onírico, se resisten a una interpretación general, aunque su mirada sigue reflexionando sobre los tópicos, roles y estereotipos, realidades y sentimientos de la mujer contemporánea.

Victoria Civera (Port de Sagunt, Valencia, 1955) estudia en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, donde experimenta con la fotografía, el fotomontaje y el happening. A finales de los 70 se traslada a Santander y comienza a centrar su trabajo en las pinturas neoexpresionistas de gran formato. En la siguiente década mantiene la línea figurativa y se instala en Nueva York, donde adquiere importantes cambios creativos. Sus obras se van llenando de contenido íntimo e incorpora nuevos materiales como yeso, algodón, lino, seda, terciopelo y otros objetos. Es en los años 90 se adentra en la construcción de esculturas e instalaciones. A partir de esa época sus trabajos se caracterizan por la plena figuración.

Adrián Silvestre

Crítica de Arte

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