viernes, 14 de enero de 2011



Entrevista con Miguel Ángel Hernández Navarro ( Murcia, 1977) ex director del Cendeac, crítico de arte y profesor en la Universidad de Murcia.


Para empezar me gustaría que nos hablases de tus comienzos. ¿ Siempre quisiste dedicarte al mundo del arte?


Hice Historia del Arte. Luego después, los cursos de doctorado en Antropología, mientras fui becario en la universidad. Y luego hice el doctorado en Historia del Arte. El mundo del arte me atrajo desde un principio. Justo después de terminar la carrera, comencé como crítico de arte en periódicos locales, y como gestor organizando algunos cursos en la fundación Cajamurcia.

Fue después de eso, en 2002, cuando redacté, junto a Pedro A. Cruz, el proyecto de un centro de documentación e investigación de arte, que ofrecimos conjuntamente a la Fundación Cajamurcia y la Comunidad Autónoma. Después de dos años de gestión, el proyecto cuajó y surgió embrionariamente el Cendeac, que enseguida comenzó a formar parte del organigrama de la Consejería de Cultura. Las dos personas que habíamos creado el proyecto fuimos nombrados directores del centro.


Durante los años en los que fuiste subdirector y director del Cendeac, trajisteis a los intelectuales y artistas más punteros, imagino que debió ser una experiencia más que enriquecedora, ¿ cumplió tus expectativas?, ¿ no lo echas de menos?


El Cendeac fue un sueño hecho realidad. Un proyecto relativamente asequible económicamente para una comunidad pequeña (desde luego, mucho más que cualquier exposición grande) y con grandes beneficios a largo plazo (educativos y de difusión del conocimiento sobre el arte). Durante los seis años en los que estuve allí pasaron un gran número de primeras voces del arte y la teoría crítica internacional. Hubo grandísimos seminarios, inolvidables, como el de Hal Foster, el de Alfredo Jaar, James Clifford o el Michael Fried. Otros para olvidar, protagonizados por grandes figuras, que no acabaron de dar la talla. El ejemplo de Spivak es paradigmático.

Por supuesto, hay cosas que echo de menos, especialmente las publicaciones, que es donde más intensamente trabajé. Aun están saliendo los libros programados durante el tiempo en el que fui director. Entre las cosas de las que estoy más orgulloso es haber podido publicar a Jonathan Crary, Mieke Bal o Mario Perniola, así como a una generación de críticos españoles, como Castro, Brea, Martínez Collado, o David Pérez.


Ahora el Cendeac tiene un nuevo director pero todavía no hay una programación para el 2011, ¿crees que seguirá teniendo futuro?


Espero que lo siga teniendo. Este año no hay presupuesto para programar actividades de gran entidad. Pero se están haciendo pequeñas acciones a nivel doméstico que sí tienen relevancia, como los cursos de introducción al arte contemporáneo, que fueron fundamentales durante los años precedentes. También se siguen sacando los libros programados anteriormente, a un ritmo realmente sorprendente. Peter Osborne, Georges Didi-Huberman, o los libros que están al salir de Pamela Lee, Massimo Recalcati y algunos más, son grandes obras aún no traducidas. Y, por supuesto, lo que sí parece que se está haciendo es un trabajo de consolidación del espacio de la biblioteca, que me parece central.


A pesar de tu juventud, has podido disfrutar de una estancia de investigación en el Clark Art Institute, en Williamstown, una oportunidad al alcance de muy pocos. ¿Nos podrías hablar sobre esta institución?, ¿ qué tenías que hacer allí exactamente?, ¿ notaste un cambio con respecto al sistema académico español?


El Clark Art Institute es una institución privada norteamericana que tiene una de las colecciones de arte moderno más interesantes de Norteamérica. Y junto al museo ha surgido este instituto de investigación que otorga becas a investigadores internacionales para ampliar y compartir durante un semestre sus investigaciones. Para mí ha sido un honor y una oportunidad ser becario en el mismo lugar que W.J.T. Mitchell, Hans Belting o Thomas Crow. Lo que tenía que hacer allí era investigar sobre mi proyecto, por el que me dieron la beca, (titulado Tecnologías de segunda mano, sobre el uso de la obsolescencia en el arte contemporáneo) y pronunciar algunas conferencias sobre la cuestión ante la comunidad académica del Clark y del Williams College, la universidad que hay en Williamstown. Por supuesto, las diferencias respecto al sistema español son abismales. La interdisciplinariedad es algo que existe realmente y no sólo como intención. Y los medios a disposición están a años luz de los que tenemos aquí. Es el lugar soñado para investigar.


Durante la gestación de Manifesta 8 y el trabajo de acondicionamiento en Murcia como sede, llegaste a coordinar la bienal durante un corto período de tiempo, ¿ qué te llevó a dejarlo?


Mi trabajo estuvo relacionado con los inicios, mientras se buscaba el staff. Estuve presente y tomé parte activa en la elección del equipo curatorial junto a los demás miembros del board de Manifesta, y también colaboré en la elección de las sedes y las ideas generales de la bienal sobre las implicaciones que tendría que tener el tema, el diálogo con el Norte de África. Luego, precisamente por la beca del Clark, vi que no iba a poder estar presente, y tuve que elegir. Estoy muy contento con la decisión. Creo que estoy más a gusto en el ámbito de la investigación que en el de la gestión.


Siguiendo con Manifesta 8: una bienal bastante polémica y criticada por parte de la sociedad murciana. ¿Crees que ha sido una crítica fundamentada?, ¿ qué trabajos destacarías ?


En la crítica de la sociedad murciana hay de todo, pero especialmente una crítica visceral que no se ha preocupado ni de verla. Hay un sector que critica cualquier inversión en cultura contemporánea y en arte contemporáneo porque les parece excesivo. Quizá Manifesta no es lo que necesitaba Murcia en ese momento. Y no ha sido la inversión más rentable de todas. Pero me parece que, como profesional del arte, se nos ha presentado una oportunidad inigualable de ver una bienal en casa, de observar cómo funciona, y después, de poder criticar con fundamento. Creo que en muy pocos casos las críticas que se han hecho desde Murcia han partido de estas premisas del conocimiento, sino que es una especie de “enmienda a la totalidad”.

En cuanto a lo artístico, creo que Manifesta sigue su línea de un arte reflexivo, sociológico, documental, visualmente difícil y arduo para el público. A mí me han gustado especialmente algunas propuestas, que considero osadas curatorialmente, como las del colectivo Chamber of Public Secrets y su trabajo con los medios de comunicación.

Mi crítica estaría más bien a nivel discursivo, en la poca repercusión del “diálogo” con África, que se ha constatado como nulo. O la falta de una problemática como la de género, dentro de ese diálogo, que es central a nuestro mundo contemporáneo.


Normalmente ejerces de crítico de arte en medios especializados, ¿cómo ves el panorama actual en el mundo de la crítica?


Pues a diferencia de lo que se suele hablar, de crisis de la crítica, creo que vivimos en un momento dorado de la crítica, al menos de los sujetos que la ejercen. Hay en España y en Latinoamérica un gran número de críticos de arte tremendamente inteligentes y con un potencial de escritura sorprendente. Críticos establecidos, pero sobre todo críticos jóvenes, que ya se han educado en el arte internacional y que nada tienen que envidiar a los grandes popes de la crítica.

Otra cosa bien diferente son las plataformas críticas existentes y las funciones de la crítica. Salvo alguna revista contada, no hay plataformas críticas realmente interesantes capaces de generar un discurso potente. Afortunadamente, Internet está siendo una plataforma fundamental para esto. Lo que sí es más triste es la función casi virtual del crítico de arte en el sistema del arte, que es una mera figura de comparsa dentro del gran sistema artístico. El comisario-crítico que formula críticas light para crear exposiciones “a la moda”, mencionando a Rancière, Agamben y Deleuze, pero sin saber lo que éstos dicen aparte de dos conceptos manidos, es la figura que ha anulado la tradicional función de la crítica.


Para terminar me gustaría preguntarte sobre la novela (que trata sobre el entramado artístico) en la que estás trabajando, ¿ cómo la has enfocado?


La novela es para mí una manera de escritura más libre en la que pueden aparecer cuestiones que sería difícil tratar en un ensayo académico. Cuestiones como lo personal, los miedos, los deseos, los intereses, las frustraciones. Se trata en este caso de una crítica a la banalidad del sistema del arte, pero también una reflexión sobre los límites del arte y las diferencias palpables entre el arte y la vida.



Irene López.

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