viernes, 10 de diciembre de 2010

ATLAS MNEMOSYNE

Las pupilas se dilatan esforzadamente y el ojo ejerce de antesala donde la imagen apenas habita un fragmento de segundo antes de sumergirse en algún lugar de nuestro entendimiento, depositario magma donde se construye cada realidad visual de la existencia humana cuyo ágil transporte recuerda al maletín del gran Duchamp. Allí, en lo que sería el garbhagriha del ser pensante, es decir, la cámara uterina del intelecto, se entrelazan, golpean, descomponen, abrazan, distancian, fusionan o componen múltiples imágenes que producen un jugo cuyo sabor puede resultar tanto dulce como amargo, cuando no insípido, pero que va construyendo un andamiaje que será fundamental para trazar una historia del arte ajena a simplificaciones pueriles, a dogmatismos de manuales al uso, o así al menos lo entendía Aby Warburg. En 1927, Lev Kulechov, pionero del cine soviético, publicaba El arte cinematográfico, un texto en el que exponía lo que poco después acabaría tomando carta de naturaleza como efecto Kulechov, y donde abordaba el hecho de que al yuxtaponer dos imágenes con un contenido determinado resultaba una tercera en la mente del espectador, es decir, ya fuera por analogía o disimilitud, la interrelación de dos figuras llevaba a crear una imagen adicional fruto de dicha acción. En al campo de la historia del arte fue Warburg quien, como señala el comisario de la exposición Georges Didi-Hubermann, transformó el modo de comprender las imágenes e incorporó la idea de la memoria inconsciente para la comprensión del arte. Esto se explica por ejemplo cuando emerge una propuesta novedosa en campo del arte, ya que mientras algunos historiadores o críticos consideran que es producto de la superación u olvido del pasado, Warburg o el mismo Didi-Hubermann piensan que ha sido la memoria la que ha recuperado el inconsciente del pasado y por consiguiente ha ejecutado su trabajo a partir de dicha recuperación. Lo que pretende Didi-Hubermann con esta exposición, más allá de poner de relieve la labor de Warburg, es retomar la reflexión que ha ido menguando progresivamente en los museos a su juicio, excesivamente dominados por los mercados, y propone que la mejor arma contra la especulación económica es la especulación filosófica. Por tanto, el historiador francés toma como referencia el inacabado Atlas Mnemosyne que configuró Warburg entre 1924 y 1929 para sugerir un sofisticado viaje que penetre más allá de la epidermis del arte y con la sutileza pero decisión de un cirujano bisturí en mano, corta decididamente hasta que fluye la sangre de la que hablara en La pintura encarnada, donde leucocitos, hematocritos y glóbulos multicolores se unen en la imagen de un todo, en un atlas vital y artístico heterogéneo. Walter Benjamin señalaba que la verdadera historia del arte no tenía que ocuparse de contar la historia de las imágenes mediante un relato o una crónica, y añado yo, o atendiendo a cuestiones meramente cronológicas, que no es otra cosa que un ejercicio de flagrante simplificación, sino que había de acceder al inconsciente de la visión mediante un montaje interpretativo, que no deja de ser análogo a la afirmación de Victor Sklovski cuando apuntaba que lo importante no era saber qué eran las imágenes, sino cómo funcionaban. En esta línea, lo cierto es que la propuesta expositiva de Didi-Hubermann, con sed de trascendencia, pretende golpear en la conciencia de los historiadores del arte y abocarles a una reflexión necesaria e incluso enderezar el timón de un barco que parece ir a la deriva y en el mejor de los casos acabará encallando en la complacencia irreflexiva. Esto implica que no es una muestra accesible a todo el público, es compleja y a veces incluso árida, destinada a un espectro de la sociedad que esté en posesión del carnet de iniciado. Las miradas escudriñan paredes y vitrinas en busca de las imágenes conocidas de Klee, Rauschenberg o Sol LeWitt, pero a cambio reciben una carta de invitación a desengrasar la maquinaria del pensamiento, lo que podría ser recibido como algo pretencioso o en el mejor de loa casos como un revulsivo para dicha actividad.

Jorge Cruz

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