viernes, 10 de diciembre de 2010

ATLAS. CÓMO LLEVAR EL MUNDO A CUESTAS, MNCARS

EL ATLAS DE DIDI-HUBERMAN

Inés Plasencia Camps

La exposición “Atlas. Cómo llevar el mundo a cuestas”, tiene lugar en el Museo Reina Sofía hasta el 28 de marzo y está comisariada por el filósofo francés Georges Didi-Huberman. Toma como punto de partida la revolucionaria manera de entender la Historia del Arte de Aby Warburg, uno de los más importantes referentes del comisario, autor de La imagen superviviente, y que entre 1925 y 1929 llevó a cabo, aunque nunca terminó, su proyecto más ambicioso: el “Atlas Mnemosyne”, un atlas de la memoria.

En una serie de paneles, Warburg reunió un número de imágenes para reescribir la Historia del Arte, una historia que cobraba otro sentido cuando estas imágenes ocupaban el lugar que, según él, les correspondía. Podían combinarse de tal forma que hablaran de una historia subconsciente de la cultura; incluso juntando imágenes alejadas en el tiempo y en el espacio, podrían explicarse unas a otras. En definitiva, Warburg quería escribir una Historia del Arte con imágenes, algo que en cine concibió también Godard en su Histoire(s) du Cinéma, que nos hace pensar en Walter Benjamin, y en literatura, cómo no, Perec, que con breves recuerdos escribió la historia de su vida.

“Atlas” reúne la obra de un gran número de artistas, pertenecientes en su mayoría al siglo XX, que, con esa misma inquietud, intentaron escribir la historia, otra historia, de lo que les rodeaba, haciendo hincapié en lo que habitualmente no se quería ver. Se trataba de repensar el mundo, de inventar nuevas reglas del juego. Enseñar el abecedario a una planta, como John Baldessari; poner el mundo al revés, como Robert Fillou; escribir un atlas en blanco, como Lewis Carrol; denunciar los abusos de las agencias inmobiliarias, como Haacke; enseñar los paisajes del suelo, como Alan Fleischer. Un gran número de propuestas, todas de enorme interés y frescura, para ese milagro que ha escrito con imágenes Georges Didi-Huberman: una historia del arte del siglo XX que se escribe en términos de diásporas, repeticiones y fragmentaciones. Que escribe el mapa del mundo con postales que lo atraviesan con una información vital: la hora del despertar, como hizo On Kawara. Que describe la vida del artista mediante los billetes del tren que le llevan a su trabajo, ése que le impide precisamente serlo, como hizo Francesc Abad. Richter, Broodthaers, Marx Ernst, Georges Brecht… Demasiados para nombrarlos a todos sin perder de vista la esencia capaz de reunirlos. Además, quizá mejor no caer tampoco demasiado en esa Historia de los Nombres.

Georges Didi-Huberman ha conseguido, además, trasladar a la sala de un museo la misma humildad y respeto con la que trata siempre a su lector o a su oyente. Ha “repensado” una historia capaz de alcanzar a todo aquél que se interese por detenerse, por leer los textos, por mirar pieza por pieza y después la exposición en su conjunto. La exposición es igual de disfrutable para el entendido que para el recién llegado siempre y cuando, eso sí, esté atento y abierto. Quizá la exposición no sea fácil, pero es fluida como un río, comprensible como una imagen. Otra cosa (otra riqueza) es que tenga múltiples lecturas. Pese a su gran envergadura, resulta entretenida y tiene incuso momentos de gran comicidad. En definitiva, enseña y despierta al buen conocedor de la Historia del Arte y al curioso, eso sí, siempre y cuando lo sea. No existe la mínima concesión; sólo un profundo respeto por el Otro.

La conexión entre las obras es precisamente otro de los elementos más interesantes, si volvemos a Warburg y recordamos que también nos advirtió de que no podemos entender nada, tampoco las imágenes, si no entendemos el vacío, las lagunas que existen, si no asumimos todo aquello de lo que nos privó la destrucción: las imágenes que no están. Éstas se comunican en una suerte de dialéctica que contempla lo que entre ellas se esfumó, que se colocan, como escribe Didi-Huberman en uno de los textos que podemos leer durante la visita, como sobre una mesa. Sólo observándolas “según su cualidad particular” hablarán entre ellas y nos hablarán. Y sobre todo, exigirán de nosotros toda nuestra imaginación, rasgo característico del que aspira a aprender algo.

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