viernes, 7 de enero de 2011

KATHARINA GROSSE: COME NIÑO COME

Hay algo en el mejor espíritu artístico alemán, reflejado especialmente en la pintura, que responde a la realidad distorsionándola, agrediéndola o abrazando sus límites al abrigo de ese (tan nórdico) vértigo romántico. No sólo los Expresionistas o los artistas de la Nueva Objetividad dieron testimonio de esa crispada pulsión; la generación nacida tras la Segunda Guerra Mundial respondió con una agresividad similar, a finales de los setenta, a quienes cuestionaban la validez de la pintura. Esos Nuevos Salvajes, entre los que se encontraban entre otros Baselitz, Kiefer e Immendorf, y otros artistas alemanes como Richter, Oehlen o Ackermann, han sido el baluarte de la pintura durante las últimas décadas. Una pintura que insiste infatigable, con ese gesto violento y matérico, en su capacidad de renovarse.

En Holy Residue, que Katharina Grosse (Friburgo, Alemania, 1961) expuso en De Appel de Ámsterdam en 2006, ejemplo paradigmático de algo que comenzaría a ser habitual en su obra desde algunos años antes, montones de tierra y bloques de hormigón aparecían totalmente cubiertos de pintura, como participando de aquel gesto. De colores estridentes y aplicada con aerosoles, la pintura se extendía también por las paredes del museo y alcanzaba incluso los lienzos de la artista que formaban parte de la exposición. Nada en la sala quedaba a salvo de esa pintura extendida de manera salvaje que parecía estar peleándose con el espacio y con la arquitectura, con las ruinas y con el tiempo, con su propia textura y con sus propios límites.

Ese mismo año, la Galería Helga de Alvear le dedicaba su primera exposición individual en España, Faux Rocks, en la que Grosse intervenía de la misma manera sobre enormes formas ovoides. Ahora ha traído a esta misma sala madrileña su obra más reciente sobre lienzo, reunida bajo el título Come niño come, y con ella, la tierra de Holy Residue y la misma pintura incontrolable que reclama su lugar cualquiera que sea el soporte.

En la obra de Katharina Grosse, que comenzó a adquirir reconocimiento a mediados de los años noventa, pueden distinguirse, entonces, dos maneras de trabajar: aquélla en la línea de Holy Residues, por la que quizá sea más conocida y que practica sobre todo tipo de espacios, y los lienzos. Las obras de Come niño come, aunque sobre tela, se sitúan en realidad a medio camino, con los colores urbanos fluorescentes de las primeras y sus montones de tierra, como si la artista hubiera querido invertir los significados: en lugar de instalar la pintura en el espacio, Grosse ha instalado esta vez el espacio dentro de su pintura, muy alejada ya de aquellos monocromos de los años noventa.

Estamos también ante la convivencia de lo que ella llama “la alta y la baja cultura”; esa Alemania llena de pintadas se ha instalado en las paredes blancas de la galería, y a su vez en lienzos blancos incapaces de controlar los márgenes del color, con límites que impone la propia pintura. Las obras que realiza in situ utilizan un vocabulario pictórico idéntico al de sus obras “móviles”. Su pintura se manifiesta como lugar de intercambio permanente entre ambas: esos colores estridentes vienen de las calles, de los coches, y esa tierra que Grosse introduce ahora en sus lienzos sale de los lugares abandonados que, como la pintura, reclaman permanecer en el mapa, como aquellas ruinas que aquel vértigo romántico no podía dejar de mirar.

La sobrecogedora exposición de Katharina Grosse tiene tanto de sublime como de vulgar, tanto de gestual como de calculado, tanto de expresionista como de decorativo. Su pintura, quizá ante la falta de lugar, inventa un lugar propio que puede llevar siempre consigo; un espacio nuevo e ilusorio lleno de niveles y superficies dentro del cual siempre habrá rincones por explorar, por ser éste un lugar imaginario. Y en los lugares imaginarios ya se sabe: puede uno pasear eternamente.

Inés Plasencia Camps

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