viernes, 26 de noviembre de 2010

On&On (o la fugacidad pretendida)

Puede resultar paradójico que una exposición de arte efímero me remita a obras de arte del pasado. O no. Quizás sea una prueba más de que, pese a la fugacidad de la materia de la que están hechas las obras (o las personas), el arte sí que permanece en el tiempo. Y es que, al fin y al cabo, esta exposición va sobre eso, sobre el tiempo y su impacto en la vida, sobre su paso inevitable, sobre su sigilosa e inadvertida presencia.
Por ello, aunque perecedera, la muestra que La Casa Encendida acoge desde el 19 de noviembre de 2010 al 16 de enero de 2011 y que ha sido comisariada por Flora Fairbairn y Olivier Varenne me remite a las arcas de la Historia del Arte. Por ilustrar, en la obra de Shiaru Shiota, Silence, una maraña de hilos negros llena la mayor parte del espacio de una habitación donde también hay un piano. Tanto el título en sí, como el instrumento, evocan la instalación en la que Joseph Beuys en 1985 colocó un piano cerrado dentro de una habitación recubierta de fieltro. El silencio y el aislamiento en ambas es flagrante. La materia orgánica en descomposición de Crypte, la obra de Michael Blay, muestra la cara más repugnante de la acción del paso del tiempo: el olor pestilente de lo material en putrefacción y su conversión en otro elemento; si bien es cierto que, ya en los años setenta, Peter Hutchinson, artista de landart, colocó 300 kilos de pan envuelto en plástico en el cráter del volcán de Paracutín, en México, para documentar este proceso biológico de la conversión de una sustancia en otra: de pan en moho. Claire Morgan, en la muestra, también analiza este tipo de procesos, aunque desde una perspectiva más estética ya que, en vez de utilizar elementos tan prosaicos como el pan, recurre a uno de mayor lirismo, las fresas, un detalle que, quizás y para bien, agudiza aún más el contraste visual que acontece a la transformación química. Volviendo a la idea de landart, tan ligada a lo efímero, no puedo evitar relacionar en un punto la obra de las luces que se encienden y se apagan de Martin Creed con los pararrayos de Walter de María de finales de los setenta, ambas aluden a lo intangible, a lo intermitente o lo inconstante. Por otro lado, Andy Goldsworthy, a quien se puede considerar como uno de los continuadores de esta generación de artistas de la tierra, también tiene una obra en la exposición: un vídeo que muestra cómo la huella de su silueta queda impresa en el suelo de Nueva York tras la lluvia y cómo luego ésta desaparece sin más cuando él se marcha. A propósito de siluetas, no he podido evitar recordar a Ana Mendieta, para quien el tema central de su obra fue siempre su figura.
La idea de lo efímero no es, por tanto, precisamente novedosa dentro del arte ya que existen precedentes evidentes. Sin embargo, si lo efímero durante el arte del siglo XX había girado en torno a dos polos: uno más pragmático, que retaba a los engranajes especulativos del sistema del arte mediante el uso de lo efímero como forma de robarle a la obra su posible plusvalía, y otro polo, más metafísico o reflexivo, como constatación del paso del tiempo, de su acción, de la evidencia de la muerte, de la utopía de la permanencia humana, de sobrevivir a su propia destrucción, la exposición actual no expresa una evolución coherente del arte. Me refiero a que estas obras, en gran medida, han obviado la herencia pragmática de sus predecesores, suponiendo, grosso modo, un vago recuerdo más epidérmico que sustancial de algo que no sólo pretendía hablar de la fugacidad del tiempo, sino además, transgredir el arte.

Lidia Mateo Leivas

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