viernes, 26 de noviembre de 2010

LA HUELLA DEL OBJETO

Sobre la exposición On & On, en La casa encendida.


Desde el pasado 19.11.2010 hasta el 16.01.2011 La Casa Encendida presenta On & On, una exposición colectiva donde trece artistas de nacionalidades y generaciones distintas experimentan con la naturaleza efímera del arte. Trece obras forjadas con materiales perecederos y actos fugaces, donde el viaje es más importante que el destino, y el proceso más significativo que el producto final. Pero este proceso resulta muy variable;


Algunas obras muestran directamente la transformación de la materia: la impactante The conference, de Gerda Steiner y Jörg Lenzlinger, donde salvajes colonias de cristales se apoderan de una oficina, desafiando la frontera entre lo natural y lo artificial, el deshielo ennegrecido de Kitty Kraus o la pestilente y literal descomposición en La cripta, de Michel Blazy, cuya fuerza creativa emerge, paradójicamente, de la propia destrucción de la muerte.


Otros artistas escogen un momento fugaz, lo detienen en el tiempo y se recrean en él. Es el caso de Claire Morgan, que construye una imagen congelada para sugerir el estatismo de la muerte, de Roman Singer, en cuyo microsuceso la dilatación se convierte en espectáculo, o de Andy Goldsworthy, que revela los efectos del tiempo a partir de la desaparición de una sombra seca.


La música del azar es el objeto de otras dos propuestas; en mi opinión las más interesantes. Una es Exercising Limited Freedom, de Gregorio Zanon; una interpretación al piano que explora el vínculo entre música y la escultura, a través de patrones geométricos de notas y motivos y una puerta abierta a la improvisación. La otra es Aviario sónico, Céleste Boursier-Mougenot, un singular espectáculo de música involuntaria de cuarenta pinzones, que en función de la circulación de los visitantes, se posan sobre platillos y trastes de bajos y guitarras.


Otra estrategia recurrente es la activación de la memoria; en la débil propuesta Stroke/aspire, de Anya Gallacio, donde más allá del evidente juego olfativo no encuentro las claves psicoanalíticas de las que habla la artista en su discurso, amén del uso manido del círculo para reflejar el eterno retorno y la inmortalidad del proceso de creación. La memoria también es protagonista en In Silence, de Chiharu Shiota; una afirmación de la pérdida de la voz, cuyo recuerdo es bello. Una obra de ingeniería que destaca sobre las demás y sin embargo difiere de la premisa principal planteada en la muestra.


Y es que los comisarios Flora Fairbairn y Olivier Varenne no han sido del todo rigurosos con la coherencia temática entre las trece instalaciones (no todas las las obras se transforman a cada momento, como reza la nota de prensa, ni cualquier obra de site specific plantea de por sí cuestiones inherentes al arte efímero), aunque sí resulta loable el sumo cuidado estético con que han concebido la exposición. No es casual que Flora haya dirigido el Concrete and Glass, un festival de artes plásticas y escénicas; On & On es como un gran montaje escénico que reafirma la experiencia estética y la magia del instante, con presencias inesperadas y efectos de extrañamiento. El espectador, si bien no es el actor principal, participa activamente y da sentido a las obras, que evocan recuerdos y sensaciones universales. Un público de lo más abierto y heterogéneo puede interpretar distintos niveles de lectura y experimentar su propio descubrimiento emocional. Este fenómeno me parece un hecho positivo, pues como dice Howard Hussey: la segregación elitista de la vanguardia no es culpa del arte sino de la sociedad.


En conclusión, en una sociedad en la que las perspectivas de futuro son cada vez son inmediatas, es inevitable que el arte efímero vaya adquiriendo legitimidad en museos e instituciones. El valor expresivo de una obra no debería basarse en su materialización, sino en las ideas que ésta genera en nuestra memoria, en las huellas que prevalecen cuando el objeto ha desaparecido. Esta no es una idea nueva; ya desde Duchamp se cuestiona la concepción del arte como objeto, y el site-specific ya era explotado durante los primeros happenings y performances. Sin embargo, On & On presume de ser la primera exposición de arte efímero en España.


Adrián Sivestre.

Del 19 de Noviembre al 16 de Enero 2011: On & On en LA CASA ENCENDIDA

Blazy/BousierMougenot/Creed/Fornieles/Gallaccio/Golsworthy/Graus/Morgan/
Sehgal/Shiota/Signer/Steiner&Lenzlinger/Zanon.

La bienvenida a la exposición nos la dan los curadores desde la pared, donde nos señalan que las obras que veremos, de arte efímero, son una respuesta de trece artistas (catorce!) a la condición de control del mundo en que vivimos por parte de los medios.

El catálogo es muy completo pero un tanto pretencioso. El texto de Hussey me parece abigarrado, sin un hilo conductor que sea un punto de referencia para orientarse en cuanto a la obra. En seguida, nos enfrentamos a un escenario escindido entre dos cuerpos de salones en dos pisos, separados por el pasillo central, lo que produce una cierta dificultad de orientación. Se termina con la sensación de que uno pudo haberse perdido de ver alguna de las obras. Y en mi caso de todas maneras fue así porque en mis dos incursiones no logré encontrar las performances de Eloise Fornieles y Tino Sehgal.

La muestra cuenta con artistas de experiencia y/o de presencia en museos de prestigio internacional con inquietudes que no necesariamente coinciden con las anunciadas por los curadores, lo que ya de por sí, deja en el aire un interrogante. Como arte efímero propiamente, en la medida en que de ello no quedarán huellas más que las trasliteradas a otro medio, se presentan los trabajos “La Cripta”, de Michel Blazy y “Down time” de Claire Morgan. Desde perpectivas muy diferentes, ambos abordan la realidad de la decadencia y de la muerte. En el caso de Morgan, un gesto de melancolía se desprende de su concepto del paso del tiempo sin mayor trascendencia filosófica mientras que en Blazy se trata del aprecio por la vida que se encuentra en lo que normalmente significamos como descomposición y muerte.

Chiharu Shiota, encierra un piano y sillas quemadas en una intrincada telaraña de hilos de lana negra, como memoria de una fuerte impresión de su infancia cuando un incendio hizo enmudecer el piano del vecino. La confrontación con la posibilidad real de que la voz se pierda, la pone en contacto con la palabra interior. Es la manifestación de esta palabra viva pero silente que grita desde la madera quemada del piano y las sillas. Trabajo logrado con gran sutileza.
Gerda Steiner y Jörg Lenzlinger habían ya presentado una obra en la Casa encendida en el 2003 y esta vez, nos traen una aliviante propuesta anti-globalización donde la imagen resulta mejor metáfora que la información grosera del catálogo.

Sorprende la leve referencia que se hace al “Work number 227” de Martin Creed que generara una enorme polémica al ganar el premio Turner del 2001 a pesar de que es una excelente ocasión para reintroducir la pregunta por el valor artístico de algunas propuestas. En ese sentido, no se menciona para nada que la obra llamada “Intervalos”, donde se encuentra el trabajo de “hielo, tinta, bombilla”, de Kitty Kraus, fue solicitada por el Museo Guggenheim de New York para ser presentada de Octubre a Enero del 2010, otro punto también polémico dada la corta trayectoria de la artista. Estamos en presencia de una obra relevante por la discusión que podría abrir con respecto al arte contemporáneo y al sistema del arte en sí, pero que no ha sido tomada por ese costado, sino que da la impresión de que el interés es más consistente con la práctica de promover artistas dentro de una red muy actual que involucra la “business administration”. Los curadores, Flora Fairbairn y Olivier Varenne se dedican a la visibilización de la obra de artistas. Fairbairn además promueve internacionalmente a los artistas cubanos y da soporte al arte emergente a través de un sitio web y maneja una galería en Londres. Varenne es curador y comprador de arte del Mona de Hobart y realizó estudios en el área de Administración de Negocios.


Priscilla Echeverría

jueves, 25 de noviembre de 2010

Arte Efímero: pasen y vean.


On & On se presenta al público con el sensacionalismo de un espectáculo circense, el uso de materiales perecederos, como fresas, chocolate o patata, pájaros que tocan notas al azar o la recreación del viento frío y húmedo del atlántico han levantado gran expectación y las multitudes hacen cola para ver en acción a los pájaros del francés Céleste Boursier-Mougenot, como si de una atracción de circo se tratara. Los comisarios Flora Fairbairn y Olivier Varenne han reunido en La Casa Encendida la obra de 14 artistas internacionales agrupados bajo el tema del arte efímero.


La exposición constituye lo que se conoce como un ¨blockbuster¨, concebido para atraer el interés de todos los medios de comunicación y disparar las cifras de visitantes. Si bien no hay muchas ocasiones en las que se pueda asistir a una muestra colectiva de arte efímero, el fenómeno nos permite hacer una reflexión sobre “el género” (siguiendo en el símil del cine). Es difícil contemplar obras de arte efímero sin evitar pensar como fueron en el pasado y como serán en el futuro, sabes que lo que ves, es único en ese instante, que por su naturaleza transitoria el conjunto de la muestra es diferente en cada momento y que es imposible ser testigo de todo el proceso. El principio que sostiene el arte efímero es precisamente ese, que no podemos abarcar todo en la vida, y la visita, como nuestro propio paso por la vida, es efímera, pero eso no significa asumir que solo sea una parte del todo, sino que ya es un todo en sí mismo.

El espectáculo en que se convierten estas obras me plantea preguntas: ¿es arte o entretenimiento? ¿es la experiencia de ¨haberlo visto¨ lo que nos interesa o nos quedamos con algo más? ¿En qué manera puede el arte efímero transcender en la historia del arte desde su naturaleza no objetual, no almacenable?


La muestra se extiende por todo el espacio de La Casa Encendida y destaca la utiización de las zonas de paso. En mi opinión precisamente una de las piezas visualmente más interesantes la encontramos en una de las escaleras, Down Time de Claire Morgan, donde fresas suspendidas de hilo de nylon crean un tapiz de color intenso que ha sido atravesado por un grajo negro. Los hilos de nylon forman una telaraña óptica, haciendo de nuevo alusión al paso del tiempo. La instalación funciona como un cuadro en tres dimensiones y nos proporciona múltiples encuadres, según nos situemos frente a ella. A continuación también de gran fuerza visual la representación bella y siniestra del recuerdo de un incendio de Chiharu Shiota. Después, los trabajos más efectistas comienzan en una habitación pintada de chocolate y las lámparas de velas de Anya Gallacio, la actuación desafinada de una guarda de seguridad por obra de Tino Sehgal, la versión realista de una cripta de Michel Blazy, la visión apocalíptica del triunfo de la Naturaleza sobre la sociedad tecnológica en The Conference de Gerda Steiner y Jörg Lenzlinhger, la actuación al piano de Gregorio Zanon customizada por el público o Eloise Fornieles en persona recogiendo mensajes desde su barco en el patio. Entre los que despiertan menos exclamaciones, las piezas de Roman Signer, Martin Creed, Kitty Kraus o Andy Goldsworthy. Y es que parece que la reacción del visitante se reduce a dos interjecciones: oh! (de sorpresa) y ajá! una vez conoce la historia que hay detrás.


gm

“On&On”. ¿Lo efímero tiene que morir?




Marcin Franciszek Rynkowski


De las fresas jugosas a un cádaver podrido, de la ausencia de la presencia al espejismo de nuestro pasado, de la destrucción creativa a la creación destructiva. ¿Cuál es la distancia? ¿Cuánto dura el viaje? Un instante. Ésa es la respuesta de algunos de los 13 artistas en la exposición "On&On" que se inauguró día 18 de noviembre en La Casa Encendida(Caja Madrid).


La "primera muestra del arte efímero en España"de 14 obras, comisariada por Flora Fairbairn y Olivier Varenne, hace un tributo a las raíces del arte efímero de finales de los años 50 (el site specific, el arte de acción, el arte conceptual, el land art, que sustituyeron la valoración del objeto en sí por la idea que lo ha creado) e intentan convencernos de que La Casa Encendida es el único sitio donde las obras pueden manifestarse y dejar las huellas de su "fugaz" existencia en la memoria de los espectadores.


Las dudas aparecen cuando vemos las transparentes propuestas de Roman Signer y Andy Golsworthy, que han eternizado el momento efímero en el material sólido de vídeo y cuando nos enteramos que las propuestas como el “circo” de las partituras sin sentido de los diamantes mandarines de Céleste Boursier Mougenot, y la obra de Martin Creed, que ilumina y esconde la “nada” escondida detrás de su proyecto, viajan por el mundo del arte recalentándose desde hace 9 años.


Lo efímero, para llegar a serlo, tiene que morir, éstas son las reglas de la modernidad líquida de la que habla Bauman. La realmente "fugaz" obra de Kitty Kraus cumple esa promesa. El bloque de hielo se transformó en una charco de tinta negra y acabó como un fresco abstracto, capaz de cruzar las fronteras de su site specific en las suelas de los espectadores y viajar por Madrid de incógnito. La marca de muerte aparece también en el mudo performance de Eloise Fornieles (comparado con su ruidoso proyecto de 2007 A grammar of love and violence). Por no ser grabado, desapareció el día 21 de noviembre definitivamente, dejando sus cenizas en la memoria de los espectadores que llegaron a verlo.


El término efímero parece confuso cuando miramos las obras de “feísmo sensorial”, de Clarice Morgan y Michael Blazy, y Aspire de Anya Gallaccio. Las fresas “muertas”, igual que Le Crypte de Blazy, desvelan las energías mortíferas que a base de la muerte crean otra obra artística. Lo mismo ocurre con las velas de Gallaccio que agonizan mutuamente y la lluvia de sus lágrimas de cera queda en el suelo, dibujando una efigie.


Todo eso me hace la pregunta ¿Qué es lo realmente efímero en “On&On”? Sin duda no es el material que construye las obras como In silence de Chiharu Shiota, la más sublime de la exposición, donde el piano mudo y 37 sillas vacías "mordidas" por las llamas del tiempo están abrazados por la telaraña de ausencia del sonido. Lo efímero se desvela en el momento fugaz, en el que las contemplamos. El tiempo y el espectador son los factores fundamentales de la muestra, que no es, sino que está desmoronándose y creándose mutuamente. La irrepetible mirada contrastada con la solidez de las palabras que intentan eternizarla provoca la amarga sensación de que todavía no se puede decir “todo”. Este todo rematado por el punto al final de la frase aparecerá el día 16 de enero, cuando acabe la exposición, en silencio...







ON&ON, EXPOSICIÓN DE ARTE EFÍMERO: EL OLOR DEL TIEMPO PERDIDO

Inés Plasencia Camps

Qué pasaría si nos expusiéramos al paso del tiempo resignados, si tuviéramos enfrente ese instante único, tan esperado, sin la posibilidad de retenerlo. Es cierto: nos ocurre cada día. Sin embargo, mientras tanto, sentimos que algunas cosas permanecen como prueba de que aquello tuvo lugar. Algunas de esas cosas son las obras de arte, parte de cuyo valor reside en esa condición de prueba indiscutible del pasado.

En la exposición On&On de La Casa Encendida, comisariada por Flora Fairbairn y Olivier Varenne, catorce obras de arte efímeras, muchas de ellas manifestaciones del site-specific, se rebelan contra esa condición y huyen de los sótanos de los museos. Participan de una de las más importantes reflexiones del arte de la segunda mitad del siglo XX, que desde los sesenta, con los happenings, las acciones y las performances, el land art y el arte conceptual, intenta hacer al público partícipe de un momento irrepetible y cuestionar el papel de las instituciones. Estas prácticas, tan críticas en su origen, dejaron abonado un terreno lo suficientemente flexible como para albergar infinitas revisiones.

Pesos pesados como Roman Signer y Andy Goldsworthy conviven con artistas jóvenes como Eloise Fornieles. Los olores de las fresas de Claire Morgan y del chocolate de Anya Gallaccio, con las luces que se encienden y se apagan de Martin Creed. La música de los pájaros de Céleste Boursier Mougenot, la guarda de seguridad de Tino Sehgal que canta convirtiendo el museo en lugar de creación y el estado de ánimo del pianista Gregorio Zanon, conviven con el silencio de la impresionante, maravillosa instalación de Chiharu Shiota, concierto que nunca comienza, anatomía de la espera envuelta en sus habituales hilos negros. Inquietante es la obra de Steiner y Lenzlinger, en la que unas flores químicas irán invadiendo una sala de juntas el tiempo que dure la exposición. Menores son la metáfora del hielo de Kitty Kraus y la asquerosa podredumbre de La crypte, de Michael Blazy, que parece querer informarnos de lo que nos pasará cuando hayamos muerto.

Lo que se publicita como la primera exposición en España dedicada al arte efímero, y que traslada viejos cuestionamientos al registro y almacenamiento de imágenes que caracteriza la era digital, brilla por momentos, en realidad, por su carácter de juego más que por su capacidad de emocionar al reconocernos en su carácter transitorio, por la apelación a casi todos nuestros sentidos y por ofrecer cada vez una visita única. Las obras por separado, no obstante, oscilan peligrosamente entre la hermosa sutileza y el fácil efectismo, y lo que es peor: amenazan con una nueva etiqueta de resonancias cortesanas que en Francia, país de origen de Varenne, ha sido bastante útil para atraer al público pero que aglutina demasiadas cosas. Una poética inofensiva, menos atrevida que la de sus “papás”, con las paradojas de siempre: los videos pueden volver a verse, un guarda de seguridad ya cantó en la Bienal de Venecia de 2005, y Creed lleva moviendo su pieza desde 2001. Algo que quizá no habría que decir si no fuera por la promesa de innovación que rodea la muestra.

Las piezas de On&On se quedarán con suerte, mientras nos entretienen, en esa imperecedera reflexión: la reivindicación de la obra como una experiencia, como el instante y no como su prueba; una reflexión sobre el poder de la memoria que nos deja como siempre resignados pero felices sabiendo que, aunque el instante no volverá a repetirse, al menos estuvimos presentes.

domingo, 14 de noviembre de 2010

CIRCUITOS MMX

La Sala de Arte Joven de la Comunidad de Madrid alberga desde el 4 de noviembre de 2010 hasta el 8 de enero del año próximo la XXI edición Circuitos de Artes Plásticas, donde un comité de selección compuesto por cinco miembros, entre ellos el joven comisario de la muestra, Iván López Munuera, ha escogido ocho propuestas artísticas alumbradas por creadores noveles que proponen un amplio espectro de lecturas e interpretaciones.
La exposición se articula en dos espacios principales y estos a su vez se subdividen en cuatro compartimentos separados entre sí por cortinas de lamas de pvc, cada uno de los cuales alberga la obra de un artista. El uso de este producto plástico no es arbitrario, pues la idea del comisario y el montaje de C+arquitectos es que se puedan vislumbrar o intuir las sombras de las obras anexas a la que estamos contemplando, a modo de intrigante prólogo o sugerente invitación a continuar hacia adelante como si de un circuito se tratase, en coherente conexión con el título de la muestra, sin embargo esta plausible concepción se ve un tanto deslucida por el molesto olor que emite el citado material y que en buena medida se debe al reducido espacio en el que se condensan las piezas y la necesidad de separar, mediante una barrera física, las mismas.
En cuanto a las obras expuestas, hay que señalar que López Munuera, en una declaración de intenciones contenida en el catálogo, afirma que no hay un concepto o hilo conductor que las unifique, algo en cierto modo es inusual en una exposición colectiva donde suele haber un punto de encuentro, por sutil que este sea, pero a su vez huye de la idea de que sea una exhibición en la que cada pieza va por su lado a modo de totum revolutum donde cada artista muestra su género sin atender a los que le rodean. Esta aparente incongruencia queda resuelta tras recorrer la exposición pues destaca en primer lugar la concepción expositiva homogénea, donde las obras dialogan entre iguales sin elementos destacados, y en segundo porque sí se aprecia un tronco común del que emergen ramas multiformes, de poliédricas lecturas, que es la crítica, ya sea ofrecida de forma directa o por caminos más reflexivos, a la hipocresía social, a la ambición y la insensibilidad de la sociedad, a la aceptación de los caminos que unos pocos marcan y el resto seguimos cual rebaño, sin autocrítica, con excesiva autocomplacencia y aceptación de unos códigos y comportamientos en numerosos casos aberrantes. Las obras conversan entre sí y aunque no queda muy claro si esto era algo premeditado a la hora de seleccionar las obras o si se ha producido de forma indirecta, fortuita, no cabe duda de que entre ellas la interrelación existe. También es interesante en esta comunicación la interdisciplinariedad de las propuestas, ya que tienen cabida materiales tan diversos como la madera, el granito, el metal o el grafito que se combinan con elementos audiovisuales, lo que otorga al conjunto una riqueza añadida. Cosa bien distinta es la calidad de las mismas, donde sí se aprecia un cierto desequilibrio pues unas piezas brillan para quedar otras en la penumbra. La exposición arranca con la irónica propuesta de Daniel Martín quien, en Molde de lo real, y en un comienzo muy prometedor de la muestra, ridiculiza sobre la excesiva regulación de las actividades del ser humano, cuyo comportamiento queda marcado por una serie de instrucciones hasta en los niveles más íntimos. Sin embargo, con las obras de Lilli Hartmann y Teresa Solar, la máquina crítica se ralentiza notablemente y se exploran otras sendas más próximas a ejercicios reflexivos y al conceptualismo, pero de dudosa idoneidad para el conjunto expositivo. Esta parte de la muestra se completa con el trabajo titulado Tales of Wonder Site, criatura de Momu & No Es, donde se recupera la carga irónica mediante la proyección de un falso documental que narra la historia de las hermanas Monoritz, escritoras japonesas de éxito.
En la planta superior, Ignacio García propone una acerada crítica en Fragmentos de una mitología contemporánea, obra en la que unos dibujos a simple vista inofensivos muestran la crueldad y los atroces comportamientos del deshumanizado ser humano. Por su parte, Esther Achaerandio proyecta un vídeo que muestra cómo se cubre la cabeza con billetes de cincuenta euros, propuesta bastante floja que desluce aún más con el extenso e innecesario texto donde explica con detalle su concepción artística. El cierre de la exposición es harto brillante, tanto por la instalación de Lara García, Ondas que matan, donde aborda el genocidio ruandés tomando como eje la radio, un elemento a priori inofensivo pero convertido en arma feroz para sembrar el odio y la muerte, que se apoya con un intermitente silbido ya insoportable antes de entrar incluso en el recinto donde se encuentra la pieza, como por el vídeo de Bongore, Hola, soy europeo ¿me das trabajo?, en el cual el propio artista con más torpeza que maña pero mucha elocuencia en la inversión del fenómeno de la inmigración, se apresta a la construcción de un cayuco en Senegal, dejando un sabor amargo en el visitante.
Jorge Cruz.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Circuitos MMX: Arte plastificado



En uno de los espacios, Daniel Martín Corona (1980) satiriza rituales sociales y culturales del estado de bienestar. Mediante libros de instrucciones de uso o de montaje sistematiza temas como la religión, el éxito personal o la experiencia estética; les roba su credibilidad o su trascendencia y evidencia una sociedad saturada de reglas y normas sociales sustentada en un superfluo automatismo. Teresa Solar (1985), en el espacio contiguo separado por una gruesa cortina de pvc, se centra en la similitud entre las (no)imágenes que captó la misión que en los años 60 viajó a la fosa de las Marianas y las que la artista hace de una sábana negra incluida en su instalación. La nada, la oscuridad, puede ser una y mil cosas a la vez y estar cargada de múltiples significados, símbolos y analogías. Momu & No Es (1982 y 1979) recrean un falso documental sobre dos escritoras que dialogan y responden a preguntas acerca de su última novela; en el documento visual la realidad y la ficción se solapan, compartiendo lugares comunes que incitan a la reflexión acerca del hecho de la creación y de los límites entre lo imaginado y lo real. Lili Hartmann (1976), en otro de los espacios de la planta baja, muestra su interés hacia el lenguaje y las palabras, por lo que pueden llegar a significar y simbolizar. Plantea preguntas, reflexiones sin respuesta; su fin no es, por tanto, conclusivo, sino expansivo. Ignacio García Sánchez (1987) dibuja. En la planta de arriba, sus representaciones metafóricas, casi narrativas, muestran el mundo degradado de un posible futuro inminente. Esther Achaerandio (1982) radiografía la apabullante proliferación de las populares publicaciones de autoayuda donde el éxito, el dinero, el amor o el reconocimiento social son las metas de una masa que busca reencontrar a toda costa el paraíso perdido de la infancia. Al fondo del espacio, Lara García (1977) reflexiona sobre las diferentes formas en las que los medios influyen en la construcción de la realidad, sobre los significados y lecturas que éstos le otorgan. El genocidio de Ruanda de 1994, como caso paradigmático, evidencia la flagrante diferencia entre lo que la prensa occidental quiso mostrar y la realidad que allí estaba acaeciendo. José Luis Bongore (1979) viaja a Senegal en busca de trabajo, subvirtiendo de esta manera los roles migratorios que se habían dado hasta la fecha.

Aunque aparentemente no tengan nada que ver, lo que estas ocho obras tienen en común es haber sido seleccionadas este año de la convocatoria que la Comunidad de Madrid realiza anualmente y en la que se eligen a los jóvenes artistas más destacados que trabajan en la región. Las obras estarán expuestas hasta el 8 de enero en la Sala de Arte Joven, un espacio que funciona a modo de escaparate donde se exhibe lo que pretende ser un termómetro del estado del arte más actual y emergente.

El encargado de articular y de dar forma a una exposición que a priori no muestra ninguna conexión entre sus piezas ha sido el joven comisario independiente, Iván López Munuera. La ingeniosa forma de vertebrar la muestra del comisario ha sido mediante el pretexto del viaje o del recorrido. El viaje articula la obra de los artistas como individuos en constante movimiento que otorgan veracidad a esa frase que dice que es imposible ver el mundo desde el centro, tan sólo es posible verlo atravesándolo en todas direcciones.

El espacio ha sido organizado mediante las ya mencionadas cortinas de pvc, que aíslan parcialmente los habitáculos que acogen cada una de las obras y que crean una atmósfera aséptica de plástico, material que también recubre las paredes blancas. Falta transpiración. Por otro lado, es de agradecer la publicación gratuita que se facilita en la muestra y que nos permite acercarnos a los artistas de forma individualizada mediante una entrevista personal en la que el comisario insta a cada uno a responder acerca de cuestiones como la formación artística en España y en el extranjero, la importancia de los viajes en su producción, sus aspiraciones para el futuro, etc. Esta publicación es una manera ejemplar de acercar el arte contemporáneo al espectador de una forma mucho más consecuente con su razón de ser, es decir, envuelta de un contexto y de un marco teórico que le es consustancial.

Es posible que, como dice el comisario, la muestra carezca de un discurso unificado en su temática o trasfondo, pero a nivel social sí que pueden establecerse nexos de unión que dan coherencia a las ocho propuestas que se exponen y que, como tales, establecen un hilo conductor. Las obras, algunas más que otras, son interesantes, tienen un trasfondo y poseen un cierto calado, pero personalmente creo que no aportan mucho más al panorama artístico, les falta innovación y un mayor compromiso con la realidad más inmediata. Todas ellas muestran las diferentes caras de un poliedro generacional que, si bien es consciente del mundo en el que vive, no llega a rebelarse contra esta realidad, sino que se amolda. Sin duda sintomático.


Lidia Mateo Leivas