miércoles, 18 de noviembre de 2009

Jennifer Calles


Ni etnología, ni arte, ni todo lo contrario.

Ya decía Carl Einstein en su célebre escrito de 1915, La escultura negra, que la figura del etnólogo y la del historiador del arte deben trabajar juntos para evitar que la contemplación del arte africano quede limitada, o bien a la idealización romántica propia de nuestro tiempo, o bien a la objetiva y rígida visión del arqueólogo. Y así debería suceder en exposiciones como Dinastía y Divinidad. Arte Ife en la Antigua Nigeria, que estos días podemos visitar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Un total de 109 piezas escultóricas conforman un recorrido que nos sirve como ilustración de aquello que se ha dado en llamar arte Ife, procedente de la zona de Nigeria. Ife fue la capital de los yoruba, una civilización que alcanzaría su esplendor entre los siglos XII y XV y cuyas manifestaciones culturales siguen asombrándonos aún hoy por su sofisticación técnica y su belleza estética. Ante nuestra mirada, se muestran rústicos abalorios de gran cromatismo y realizados en cristal, figuras zoomorfas de piedra y representaciones humanas en terracota. Sin embargo, son sin duda las cabezas y máscaras realizadas en bronce las piezas estrella la exposición. Ejemplos como la máscara “Obalufón” (siglos XIV-XV) o “Cabeza con corona” (siglos XIV-XVI), nos descubren un repertorio formal para el que podría buscarse múltiples calificativos excepto el de “primitivo”.

Sin embargo, ¿son acaso la belleza y el virtuosismo conceptos válidos para juzgar y justificar el arte? Esta duda inevitable adquiere un peso cada vez mayor si tenemos en cuenta que nos referimos concretamente a un arte tan alejado de los cánones y presupuestos de la cultura occidental como lo está el arte africano. Desde que a finales del siglo XIX se descubriese el arte en bronce de Benin, comenzaría ya la discusión sobre la categoría artística de unas obras que, no hay que olvidar, tuvieron por encima de todo un carácter funcional en su origen. De ahí la necesidad de que etnólogo e historiador del arte colaboren juntos, pues de lo contrario se sucederán una vez más tópicos como la exaltación del arte por su habilidad técnica, en el que incurre esta exposición.

La idealización de un primitivismo romántico sigue siendo un lastre que debemos abandonar. Y cuando lo hagamos, quizás nos daremos cuenta de que, a pesar de su sofisticación y delicadeza, el arte Ife no aporta nada más al arte africano. Porque, citando de nuevo a Carl Einstein, “los artistas de aquellas regiones nos enseñan que no se puede contemplar el arte africano a partir de fórmulas establecidas”.

Por otra parte, no pueden pasarse por alto las explicaciones simplistas que acompañan a cada pieza, describiendo neciamente al espectador aquello que éste puede ver in situ, con sus propios ojos.

En conclusión, tras el recorrido por las salas de la Real Academia, nos damos cuenta de un intento fallido en el que la visión etnográfica y la histórico-artística se yuxtaponen, pero no se coordinan.

Jennifer Calles.

Xabier Gantzarain


Civilizados

Cuando en 1910 el etnógrafo alemán Leo Frobenius vio por primera vez las piezas de la cultura Yoruba, le pareció tan increíble que aquellas gentes hubiesen podido realizar tan bellas figuras, que al principio creyó que su única explicación posible era una colonia griega en la mítica Atlántida, la cual pudo haber llevado el arte clásico hasta las selvas de Nigeria.

Lo primitivo, en base al dualismo imperante que lo clasificaba todo según el punto de vista occidental, y por lo tanto excluía a cualquier “otro”, era lo opuesto a lo civilizado.

Durante el siglo XX, debido sobre todo a la emancipación política de los pueblos colonizados, el punto de vista occidental se ha ampliado. No es que haya dejado de ser el hegemónico, sino que se ha vuelto políticamente correcto.

En 1980, cuando el Metropolitan Museum organizó una exposición para exhibir las piezas de la antigua Nigeria, entre las cuales estaba la “Figura Sedente” que también alberga ésta que ahora comentamos, el título de la muestra era “Treasures of Ancient Nigeria”. Eran tesoros, no era arte. En el fondo, el punto de vista no difería tanto del de Leo Frobenius. El título indicaba la sorpresa ante la belleza desconocida.

Hoy, cien años y varias pruebas de carbono 14 después del “descubrimiento”, las piezas que se hallaron en Ife se han integrado en el timeline de la Historia del Arte, ya son consideradas arte, pero se sigue sabiendo muy poco de las más profundas motivaciones, posibles funciones y verdaderas significaciones de éstas.

Ya en 1915 Carl Einstein avisaba de la extremada prudencia con la que debían ser analizadas todas aquellas piezas de “arte africano” o “escultura negra” en su libro Negerplastik: “Para formular un juicio no es suficiente sólo enfocarlo sobre la habilidad técnica o sobre la valoración da la llamada expresión viva. Los artistas de aquellas regiones nos enseñan que no se puede contemplar el arte africano a partir de fórmulas establecidas”.

Aún así, tanto las reseñas y notas de prensa como las explicaciones que acompañan a las piezas, resaltan la habilidad técnica (véase la fundición a cera perdida) y aluden a la expresión viva (véase idealismo clásico de la máscara de Obalufon).

No obstante, esta exposición es una cita ineludible: además de instructiva, es una cura de humildad para los “civilizados”.

Si por lo que sea no podéis ir a verla, os dejo con unas palabras de Marjane Satrapi, autora de cómic y cineasta iraní: "Mire, yo vivo en Europa y vivo en paz, y soy consciente de que eso es un lujo. Pero eso de la civilización occidental es el mayor bluff que nos han contado. No hay civilización. Tú te vas a París, y todo es maravilloso, la ciudad de la luz, del amor, de la alegría. Vale. Pero si cortas la luz en toda la ciudad, y los supermercados y los hospitales se quedan a oscuras y sin funcionar, ya verás lo que tarda la gente en matarse entre sí. O sea, que si todo va bien no es porque la gente sea civilizada, sino sencillamente porque no tiene hambre".

Xabier Gantzarain.

Nieves Limón


Cabezas pensantes


Es inevitable sentirse impresionado cuando nos encontramos ante objetos que acumulan el paso del tiempo, que acumulan historias lejanas. La fascinación, fruto de la errónea creencia humana al sentir el aquí y el ahora como un absoluto, se multiplica cuando constatamos que ni el paradigma histórico-cultural presente (el ahora) es la herramienta ideal para entender siempre el pasado, ni occidente (el aquí) la cuna de toda manifestación artística.

Bajo estas premisas se nos ofrece una pequeña selección (alrededor de un centenar de piezas) del arte de Ife: ciudad-estado de la actual Nigeria que vivió entre los siglos XII y XV una floreciente época. Lugar de nacimiento de los Yoruba, pueblo que actualmente sigue contando con 35 millones de habitantes repartidos en diferentes regiones, Ife ejerció durante varios siglos un poderío reseñable en uno de los continentes más desconocidos para esta sección del mundo. Así, la muestra surgida tras la colaboración de una larga lista de instituciones intercontinentales (British Museum, Museum for African Art de Nueva York, Fundación Marcelino Botín y Comisión Nacional para Museos y Monumentos de Nigeria como principales actores de esta construcción), rescata esa doble función museística que ya apuntaba Thomas McEvilley (definir y aproximar) para canalizar la fascinación primigenia del visitante y trasformarla en una pequeña píldora de conocimiento pseudoetnográfico.

Utilizando la obsesiva y reconfortante necesidad de dividir todo en categorías enfrentadas Dinastía y Divinidad: Arte Ife de la Antigua Nigeria nos enseña dos caras de una misma moneda: lo sagrado y lo terrenal, lo religioso y lo político o, lo que es lo mismo, grandiosas esculturas (no por su tamaño, sino por su preciosismo, detalle, valor estético) que representan dioses y gobernantes de Ife y, línea cronológica también necesaria, de Beni: nueva capital de la región tras la decadencia de Ife. Junto a ellas podemos ver series de objetos cotidianos (vasijas, abalorios, animales de culto todo minuciosamente etiquetado y con sus apropiadas descripciones plagadas, eso sí, de condicionales y suposiciones) que ejemplifican como el voyeurismo por lo cotidiano (Sontag dixit) se remonta al inicio de los museos y se extiende hasta nuestros días. Pero, si al principio explicábamos la atracción por lo ancestral (pretérito y, en este caso, además, lejano físicamente para nosotros y los posibles visitantes de Europa y de Estados Unidos donde viajará la muestra) como algo natural, ahora tenemos que apuntar que ese sentimiento está más que justificado ante la serie de máscaras de bronce, cabezas de terracota o esculturas de granito que se exponen sin posibilidad de ser rodeadas: impulso de todo aquel que visite la exposición. Arte en su más pura manifestación techné que retrata la destreza de los artesanos creadores de estas piezas, una civilización milenaria y la actual intención de revalorizar (o cuanto menos mostrar) otras grandezas históricas.

Nieves Limón.

Nadia Cortés


Espacio para la diferencia: Arte Ife

Es un hecho que hoy en día abundan los discursos reivindicativos y de aceptación de las diferencias, desgraciadamente su predominio y pluralidad, así como los intentos por abrir espacios, más allá de aceptar, a las otredades, no garantiza el éxito de la tarea. En el ámbito artístico, dichas reivindicaciones no se han hecho esperar, algunas más acertadas que otras pero al final intentos por mostrar “lo desconocido” a nuestros discursos lingüísticos o visuales hegemónicos.
Actualmente, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, se presenta la exposición Dinastía y divinidad. Arte ife en la antigua Nigeria que muestra el legado artístico de la civilización Ife durante los siglos XII al XV e intenta brindar un horizonte de apertura para entender esta cultura. La cultura Yoruba ha sido y es expresada a través del arte Ife, las piezas escultóricas de terracota, piedra, cristal y metal no sólo muestran una maestría y sofisticación técnica del uso de los materiales, sino que presentan el reflejo de una sociedad que estaba creciendo comercialmente, como se observaba en el uso del cobre en sus esculturas, así como toda su cosmovisión, al resaltarse el carácter mitológico y ritualístico de sus obras. Aunque anteriormente se han realizado muestras del arte Ife en exposiciones colectivas, cabe señalar que esta es la primera exposición completa que exhibe un poco más de 100 obras, dada la intención de proporcionar una visión global que de esta cultura. Y será justamente por la intención de la muestra, que la exposición no sólo está llena de las obras del arte Ife sino plagada de una cantidad de explicaciones sobre la cultura Yoruba, textos que por momentos sobrecargan la apreciación del visitante siendo meras descripciones de las obras o presentando un exceso didáctico que pretende mostrar por un lado el exotismo de los Yoruba y, a su vez, un llamado de aclaración para darnos cuenta que no han sido tan diferentes a nosotros, con lo que se pierde la apreciación de la verdadera belleza del modelaje de las piezas cargadas de un naturalismo, realismo y calidad formal. Referencias a la suposición de que en el descubrimiento de las cabezas de cobre del arte Ife se adjudicaba la procedencia a la cultura griega por la belleza del modelaje, o afirmaciones en donde se señala que con la exposición de estas obras se demuestra que las civilizaciones africanas poseen historia al igual que nuestra civilización, se atisba un acercamiento mediado por la comparación. No se acusa al discurso de la muestra de eurocéntrico, simplemente nos parece que el virtuosismo de los Yoruba, no radica en su similitud con el arte griego o en las coincidencias de su cultura con occidente, sino en su naturalismo que logra hacer emerger la tierra en obra de arte; la terracota, el cobre, la piedra transfiguradas con ingenio en obras cargadas de sentido que muestran un arte originario, primigenio, reconstrucción de la creación mitológica de un mundo.

Nadia Cortés.

Bernardita Lira

Más allá de que podemos contextualizar históricamente la estructura cultural y la evolución del material artístico de la Dinastía Ife, estamos ante una exposición que no traspasa el formalismo de entrar a una web o leer una enciclopedia relacionada al tema.

Y si, “enciclopedismo” podríamos llamarle a estas exposiciones muséicas que esconden el corazón exquisito del arte, ya sea contemporáneo o de tiempos remotos, en piezas desempolvadas para el deleite del ojo arqueólogo, acto que sin duda es respetable y de alto valor en cuanto a la conservación histórica del arte y la cultura, pero un tanto reprobables ya que son mostradas con una frialdad que no representa en alto grado lo que cada cultura contiene.

La expo Dinastía y Divinidad de la cultura Ife, nos muestra 109 piezas realizadas en cobre, terracota, piedra y cristal, que han sido cedidas para la itinerancia por Europa y EE. UU., por la Comisión Nacional de Museos del Gobierno de Nigeria, piezas creadas por los yoruba entre los siglos XII y XV.

Es fundamental la relación establecida entre arte y cosmogonía yoruba, la definición de orixas en su cultura, que son los santos, primeros pobladores de la tierra, la presencia de la música en sus manifestaciones artístico religiosas, la representación de los dioses en distintas formas de la naturaleza y su influencia especial en sectores de Brasil, donde los orixas o yorubas llegan como esclavos a inicios del siglo XVI estableciendo ahí uno de los principales focos de desarrollo de esta cultura religiosa surgida en Nigeria y practicada aún en la actualidad.

Es esa capa exquisita de la cultura la que el Museo nos esconde, ese viaje mitológico que se vuelve contemporáneo, y que enriquece, da vida a las figuras expuestas como arte muerto, pues quien ha estado en Salvador de Bahía o Espírito Santo en Brasil, podrá apreciar el fenómeno ritual en torno a los dioses yorubas tales como Ogum el guerrero, o la veneración a Yamanja, diosa del mar, figuras presentes en la mercadería religiosa que se consume en las arenas del Atlántico y que se vende como pan caliente a los turistas de corazón occidental que ven con gracia y anhelo la veneración a los Santos y su significado vital en la permanencia de las costumbres - que nadie pretende abolir por lo demás, pues el catolicismo ya fue vencido en esas tierras- y los ritos de la población de ascendencia africana.

Ahora bien, es impactante la pulcritud y el detalle de la obra en sí, que sin la exposición no tendríamos en cuenta, una técnica impecable para fundir los materiales y darles forma, especialmente los realizados en cobre, material de difícil aleación por su composición, cuyos resultados son figuras altamente representativas de esta cultura que enaltece el ícono de la cabeza tanto para los reyes así como para los visitantes extranjeros amordazados o los animales de sacrificio religioso.

Contradicción: El museo nos lo muestra. El museo es frio y calculador. ¿Prescindimos del museo? Lo dudo.

Bernardita Lira Manriquez

Virginia Moya


La creación escultórica en la ciudad de Ife, centro de la cultura yoruba, cuyo apogeo se sitúa entre los siglos XII y XV en Nigeria, es el objeto de la exposición Dinastía y Divinidad, a través de piezas de origen mitológico, representaciones de la monarquía, piezas decorativas, abalorios y destacando sobre todas las demás piezas las majestuosas cabezas de Ife que presiden la exposición.

El interés posmoderno por lo Otro ha abierto algo de espacio en los circuitos de arte para las culturas no-occidentales. Debido al desconocimiento por parte del espectador occidental medio de la cultura yoruba, la exposición se inicia con una parte de contextualización sobre la localización, rutas comerciales, tradiciones y evolución mitología de esta cultura. Además de ser una oportunidad para ver piezas de alto valor artístico, nos permiten conocer algo más de la historia y cultura de esta región africana, prácticamente inexistente para la mirada occidental con anterioridad a la colonización europea.

Ile-Ife se traduce, según Henry John Drewel, como “propagación de hogares”, el lugar que origino la vida y la civilización. La ciudad-estado se relaciona con numerosos asociados a los mitos de creación del universo que dan origen a una compleja simbología.

La contemplación de lo Otro requiere exhibir modestia y admitir que es necesario ayudas y referentes para la hermenéutica de la obra. Dinastía y divinidad: Arte Ife en la Antigua Nigeria añade abundante información sobre el proceso de elaboración de las piezas, las técnicas de fundido del metal o la importancia de los abalorios en la cultura yoruba. Cada pieza viene apoyada en cartelas descriptivas, donde la comisaria, Enid Schildkrout, hace una interpretación de cada pieza. Llama la atención que entre éstas abundan las suposiciones, las teorías especulativas en ocasiones demasiado abiertas.

Esta exposición está organizada por el Ministerio de Cultura y por la Fundación Emilio Botín con la colaboración de la Comisión Nacional de Museos y Monumentos del Gobierno de Nigeria a través del préstamo de las impresionantes cabezas de Ife que custodian. Como suele pasar con exposiciones itinerantes por sedes dispersas que no colaboran con la difusión de la exposición, ni un solo cartel ha sido impreso para difusión de la exposición, lo que no evita que la exposición sea un éxito de público. La ambientación de la exposición, cuidada hasta el detalle, es elegante y adecuada, dándole la importancia que se merece a la Dinastía Ife aunque ofreciendo una mirada museística y conservadora a la tradición yoruba. Es importante reflexionar sobre el hecho de que esta cultura no es sólo un hecho histórico, es también una cultura viva aún vigente y extendida por todo el mundo, con una dinastía intacta en la actualidad. En este sentido, el tratamiento de la cultura yoruba debe evitar la nostalgia excesiva típica de una mirada eurocéntrica y volver mirar a África, y en este caso, la cultura yoruba, no tanto como historia, sino como presente.

Virginia Moya.

sábado, 14 de noviembre de 2009

El arte como «Reality-Show»

El modelo patético de reclusión para el éxito ha triunfado planetariamente. Eso nadie lo pone en duda. Si Sócrates quería -como toda la filosofía (uno de los más obstinados «ideales ascéticos»)- librarse de la cárcel que es el cuerpo, muchos de nuestros contemporáneos desean estar encerrados en donde sea (una casa cutre, una isla o una así llamada «Academia») porque gracias a eso conseguirán algo más importante que purificar su alma: lograrán la fama instantánea.

Unas podrán posar en pelotas, más pronto que tarde, en una revista del ramo; otros, si están versados en el arte del parloteo provocador, acudirán como «invitados» a norias y otros espacios de «salvamento» para confesar cosas cuanto más sórdidas mejor. La cámara virtual está en la cabeza de todo el mundo. «Antes -escribe Baudrillard- en la época del Big Brother, se habría vivido esto como control policial, mientras que hoy ya no es más que una especie de promoción publicitaria». Todo viene del ready made duchampiano, por más que nos cueste aceptarlo; aquéllos que entregan su psicodrama por televisión son los herederos del Portebouteilles, formas que aspiran a un estatuto especial de visibilidad (unos buscan el arte y otros, sencillamente, la fama). Estamos entrando en el arte actual en lo que denominaré una completa literalidad, donde todo tiene que ser mostrado. La estética de la obscenidad es el paradigma de una época narcolépsica.

El deseo de ver. Cada día se propaga más el culto al voyeurismo y la estética de la espontaneidad populista, esos retazos de vida, reducidos al ridículo. Nos rodea el deseo imperialista de verlo todo, la obligación mediática de encontrar «testimonios estremecedores», aunque propiamente tengan que crearlos. Hay una simulación constante de proximidad, es decir, hemos consumado la impostura de la inmediatez, pero acaso eso nos permite cobrar consciencia de que, finalmente, la pasión por lo Real supone una entrega a lo espectacularizado. El control ya es una forma del medio ambiente; el horizonte ha sido reemplazado por multitud de escaparates catódicos; aquél estado policial que Foucault analizara casi clínicamente ha mutado. El temor al Gran Hermano está abismado en la acumulación de infinitas secuencias, una parálisis que es consecuencia de la hiperactividad o, en realidad, resultado de un permanecer adormilado ante las pantallas escuchando todos los teléfonos, recopilando todas las huellas. Apenas existe una mínima resistencia frente a las estrategias del control generalizado y, por supuesto, la (des)información impone su ley sin ganga, ni desperdicio: todas las relaciones están hipercodificadas a través del imperialismo pretendidamente «comunicativo».

Un constante cacareo. Las programaciones televisivas, imponiendo un sistema represivo en el que el zapping carece prácticamente de sentido, clonan sus programaciones en torno a una estética de la gesticulación y de la (pseudo)transgresión. El panoptismo disciplinario ha terminado por entregarnos un raro deseo de ser vigilados, es decir, una lógica escópica (para sujetos entregados al sedentarismo domiciliario) en la que gana la alta definición de la transbanalidad. A falta de historias memorables, lo único que conviene recordar es que «esto está pasando». Da igual que un reportero esté metido en una cocina probando un arroz con bogavante o que un conductor acabe de saltar un ceda el paso y tengamos el placer de comprobar, en el control de alcoholemia (en directo, por supuesto), que tiene un pedo monumental. Lo decisivo es que nosotros estamos -gracias a todo el «buenrollismo mediático»- al otro lado de la «pantalla amiga». Cada cierto tiempo hay que reclutar a una tropa de cretinos para que la cosa siga en marcha.

Más de lo mismo. Como se advierte cierto cansancio de los realities por culpa de la sobredosis de streapers, transexuales, policías o maridos cornudos, algún ejecutivo «con ideas» ha planteado la posibilidad de hacer más de lo mismo sólo que con artistas. En realidad, todos los que frecuentan esos lodazales creen, en el fondo de su almita, que lo son. Pero ahora el asunto adquiere cierto nivel y no se pretende hacer un remake de Tú si que vales.

Charles Saatchi, un reconocido «adicto» al arte contemporáneo, ha lanzado el concurso School of Saatchi para encontrar a la nueva «estrella del arte británico»; lo bueno es que en la campaña publicitaria reconocen que no hace falta tener ninguna habilidad especial:basta con tener suficiente cara dura y estar dispuesto a ser usado como un kleenex. En realidad, el publicista, como suele ser habitual, no ha inventado nada. Su iniciativa es una copia de Art Star que se emitió desde Nueva York por el canal Films and Arts; se trataba de una competición entre ocho artistas para conseguir una exposición individual. Al frente del tinglado estaba Jeffrey Deitch, reputada salsa para todos los guisos (comisario, coleccionista, galerista...).

A lo largo ocho capítulos realizaron distintas tareas que les encomendaron: hacer una performance, exponer sus ideas, ayudar al artista Steve Powers a realizar cartelones o soportar los «consejitos» de los profesionales del sector. La primera impresión que generaba la contemplación de este reality era, lisa y llanamente, la de un aburrimiento abismal, aunque una vez superado el estadio de la fosilización mental comenzaban a percibirse singulares detalles. Resulta que la ocupación principal de los aspirantes a geniecillos del arte era perorar sin pausa sobre cuestiones pseudo-filosóficas. Aquello era una reunión tremenda de pedantes que compartían algunas divinidades, la más mentada de todas, Derrida. Si bien no tenían grandes cualidades para desplegar argumentos consistentes, no cesaban en su empeño de citar la deconstrucción o el postmodernismo sin dejar de poner cara de estar absolutamente «iniciados».

Rollo tras rollo. Pasaban -y eso era, de verdad, digno de verse- de ese estado de «tertulianismo pretencioso» a fases de febril ejecución de lo que llamaban «piezas».Por supuesto, lo que hacían no tenía nada que ver con todo el rollo que desplegaban con anterioridad.

La pose y, lo peor de todo, el servilismo abyecto eran constantes en la comuna de neófitos del «mundo del arte» americano. Bastaba que les llevaran al loft de un coleccionista para que entraran en trance. Parecía como si muchos de ellos estuvieran opositando para lameculos. Los pesimistas dirán que lo que vemos no es ni siquiera lo peor.

Nuestra cultura del karaoke, en un eterno retorno aberrante, convierte en hit aquello de «la cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar». Hemos sufrido una lamentable regresión infantil, semejante a la de la agonía de Hal 9000 la computadora homicida de Odisea del Espacio. Las parodias inacabables de lo que Gérard Imbert llama «postelevisión» nos introducen en un espacio turbio; como el del arte, tenemos que añadir sin pecar de apocalípticos.

Fernando Castro Flórez